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Cada vez más cerca, Elvio E. Gandolfo



Cuentos del viejo sabio
  
A estas alturas tratar de “sólido” a un compilado de cuentos de Elvio E. Gandolfo es decir una obviedad. Así, Cada vez más cerca, publicado el año pasado en Córdoba, es una evidencia al respecto tan contundente como innecesaria, y contiene pequeñas maravillas como “Más bien bajo, sonriente, diminuto”, “Las negritas” (que ya había aparecido en Mujeres, editado hace ya unos años por HUM) y “Los pasos en las huellas”, que sin lugar a dudas merecen la calificación de obras maestras. Evidentemente, a la vez, no todos los cuentos interesarán a todos los lectores, pero eso es otra obviedad y, todavía, menos interesante que la implicada en decir que Gandolfo domina el arte de escribir cuentos. O, en cualquier caso, está al alcance de cualquier lector más o menos completista de la obra del autor de Bumerang armar un compilado definitivo, que sin lugar a dudas deberá nutrirse de ese otro gran libro que es La reina de las nieves e incorporar el clásico “El manuscrito de Juan Abal”.
En cualquier caso, sí vale la pena pensar un poco más en las maneras de ser de esa maestría. En algunos casos es especialmente notorio el manejo de los géneros profesado por Gandolfo, que le permite escribir cuentos de terror tan sutiles y sugerentes como el ya mencionado “Más bien bajo, sonriente, diminuto” y ficciones weird o slipstream como “Grande”, publicado también en la revista cordobesa PALP. Alguna otra pista puede ser encontrada en el cuento “Clasificación”, que comienza con –precisamente– una clasificación de libros en 15 niveles, con “todo Kafka, todo Felisberto Hernández, todo Macedonio Fernández, todo Arlt: esa gente era total, compacta” (p. 83) en el nivel uno, Ulises, de Joyce, en el dos (“demasiada complejidad agregada”), El largo adiós, de Chandler, y Soldados de Salamina, de Javier Cercas, en el tres, y El alma de Gardel, de Levrero, entre el 13 y el 15, mientras que París y El discurso vacío merecerían el nivel uno. El cuento, dicho sea de paso, es maravilloso –plantea, entre otras cosas, una ucronía sumamente sugerente que hace pensar que Gandolfo le hizo un guiño de aceptación al Borges de “Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros (…) mejor procedimiento es simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen, un comentario”)–, pero es inevitable quedarse pensando en la clasificación que le da el título y detenerse, por ejemplo, en eso de “demasiada complejidad agregada” como pauta a tener en cuenta. Después de todo, la obra de Gandolfo, cuyos mejores momentos son siempre cuentos, parece tramar una relación cordial con el lector, sin exigirle más de lo que cierto sentido común parece volver válido exigir (precisamente lo contrario a lo que hizo Joyce, de hecho, quien exigía a sus lectores una dedicación de por vida), sin dejar jamás de interesarlo, sin dejar jamás de darle a entender que, pese a la prosa clara y sin sobresaltos, lo que se le ofrece exhibe cierto espesor literario –cosa que, para ciertos lectores, hay que decirlo, es reconfortante. También puede resultar significativo, ya que estamos, que para Gandolfo la mejor creación de Roberto Bolaño sea la relativamente breve Estrella distante y no Los detectives salvajes, novela sobre la que señala (en “La apretada red oculta”, artículo que se puede encontrar en el compilado de ensayos sobre Bolaño La escritura como tauromaquia, de 2006), no importa acá si justa o injustamente, que “(su) tono se vuelve repetitivo y poco rendidor en las últimas 200 páginas del mamotreto” (p.117) y que “ya desde el ancho del lomo” aspira a “Gran Novela” (p.116).
Dicho de otra manera: el cuento, como género, está más cerca de cierto artesanado, de cierta actitud “trabajadora” y de cierta manera en particular de volver útil o rendidor el bagaje personal de lecturas, que en el caso de Gandolfo es impresionante (una manera diferente a la del monstruosamente erudito Rodrigo Fresán, quien no escribe cuentos sino nouvelles encadenadas que aspiran a reunirse en una “Gran Novela” –La velocidad de las cosas, por ejemplo); los cuentos de Gandolfo son casi siempre ejemplos perfectos de construcción y economía de medios, de buen hacer narrativo y de cierta sobriedad en más de un sentido. Las reglas, entonces, son claras (como suele pasar en los géneros, en particular en el policial), y Gandolfo, evidentemente, las conoce y las sabe usar. Parte de ese “espesor literario” mencionado más arriba tiene que ver con el trabajo sobre esas reglas, con esa sabiduría, si se quiere, aunque quizá sea mejor hablar de un posible “efecto sabiduría”.
Porque, de hecho, “sabiduría” es una palabra que se siente cercana al autor de Ferrocarriles argentinos. Hace poco el escritor y crítico argentino Juan Terranova publicó –en la revista Paco: <http://revistapaco.com.ar/2013/10/24/gandalf-el-grande>– una entrevista a Gandolfo titulada, oportunamente, “Gandalf el grande”, y en su párrafo introductorio leemos que “Gandolfo es el viajante erudito rioplatense que siempre está llegando con regalos y noticias de este y otros mundos”. Más allá de ponernos a pensar en esa suerte de condición de puente entre la literatura uruguaya y la argentina (si es que existe la primera; si es que son dos literaturas diferenciadas) –porque hacerlo requeriría mucho más espacio que el acá disponible–, podemos quedarnos con la idea de que esa última fórmula, “regalos y noticias de este y otros mundos”, es una buena descripción de Cada vez más cerca; jugar con el parecido de los nombres Gandolfo y Gandalf (ese mago arquetípico creado por Tolkien), entonces, nos permite leerlos como los cuentos escritos por un viejo sabio. Es decir, también, cuentos con su buena dosis de magia.

Publicada en La Diaria el 21 de febrero de 2014

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